valencia

La “magia” del primer maratón

La primera ida de olla empieza el día que te inscribes.
Un colega lo sugiere así, a la ligera, como quien propone ir a tomar una caña. Otro se anima, luego otro… y cuando quieres reaccionar estás en una cola de espera infinita, pagando una pasta y comprometiendo tu estabilidad mental casi un año antes del evento. Todo muy meditado. Muy sensato.

Después, en una comida familiar cualquiera, lo sueltas:
– Familia, voy a correr un maratón.

Silencio.
Tu madre, en su infinita sabiduría, te mira y pregunta:
– Pero hija… ¿vas a sufrir?

Y tú, sincera:
– Pues sí. Bastante.

Ella frunce el ceño, te mira con esos ojitos que solo una madre sabe poner y remata:
– ¿Y has pagado dinero… para sufrir?

Mientras tanto, mira a tu padre. Tu padre la mira a ella. Ambos piensan lo mismo: ¿en qué momento hemos fallado?

Y llegan los entrenos.
Con frío, con calor, lloviendo, de noche, de madrugada, con sueño, con hambre… correr y correr. Hasta que un día te oyes decir sin ningún pudor:
– Hoy toca suave, solo una horita.

Y en ese instante sabes que ya no hay retorno. Nunca volverás a ser una persona “normal”.

Por fin llega el gran día. Te ves rodeada de miles de personas vestidas como para dormir una siesta en agosto, escuchando música a todo volumen que, misteriosamente, se sincroniza con tu corazón
(cu cun… cu cun… cu cun…)
y esperando el pistoletazo de salida como si fueras a salvar el mundo.

Empiezas a correr como si no hubiera mañana. Los kilómetros pasan, te encuentras bien, muy bien. Saludas, sonríes, disfrutas de las batucadas y piensas:
Esto es facilísimo. No sé de qué se queja la gente. Voy sobrada.

5 km… 10 km… 15 km… 20 km…

Y los supporters, ay los supporters…
Esos amigos maravillosos capaces de hacer media maratón paralela cargados con una mochila que pesa como un niño pequeño: 30 geles, agua, cámara réflex y todos tus “por si acaso”. Cada vez que los ves, te estiras, sacas pecho y pones cara de “estoy estupenda”. Afortunadamente, 30 metros más adelante ya puedes volver a arrastrar los pies con total honestidad.

Todo es felicidad hasta que llega el km 30. EL MURO.

Sí, te habían hablado de él, pero tú pensabas:
Exageraos… seguro que no es “pa tanto”

Y entonces tu cerebro, que es tan listo como tu madre, empieza a mandarte mensajes muy claros: Para. Esto no es buena idea.
Te duelen los cuádriceps, los isquios, los gemelos, los dedos de los pies, las uñas, los abdominales (ahí descubres que tienes más de uno) y probablemente músculos que no sabías que existían.

Empieza la pelea: mente contra cuerpo, cuerpo contra mente… hasta el km 40.
La gente te anima, te empuja emocionalmente esos últimos 2,195 km (sí, los .195 cuentan, y mucho) hasta cruzar la meta.

Subidón máximo. Euforia. Gloria.

Cinco minutos después, intentas andar.
Y tu cerebro entra en modo GPS antiguo, recalculando la ruta a cada paso, en cámara lenta, intentando coordinar unos músculos que responden de forma espasmódica, como si no se conocieran entre ellos.

Las agujetas duran tres o cuatro días. Y entonces ocurre algo mágico: como con el famoso efecto de la oxitocina tras un parto, solo recuerdas lo bueno. El esfuerzo se transforma en orgullo y piensas:
Ha merecido la pena.

Bromas aparte, terminar un primer maratón tiene algo realmente especial, siempre que lo prepares bien. Y en ese camino yo he tenido la enorme suerte de contar con Fernan: por acompañarme, darme confianza cuando yo no la tenía, guiarme, animarme y hacerme disfrutar incluso cuando no apetecía.

Y si además, como yo, compartes entrenos con tu club y te sientes arropada por amigos y familia, entonces ya no se puede pedir más.

GG. 12/12/2025